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Siempre seguir luchando: Batalla de Escamela y Batalla de Tucumán




La Batalla de Escamela fue una acción militar de la Guerra de Independencia de México, efectuada el 28 de mayo de 1812, en la localidad de Escamela, perteneciente al municipio de Ixtaczoquitlán, Veracruz. Los insurgentes comandados por el Gral. José María Morelos y Pavón se enfrentaron contra las fuerzas realistas, conformadas por españoles peninsulares y americanos. La batalla se llevó a cabo como un acción estratégica para la consecuente Toma de Orizaba en Veracruz. Como resultado, la batalla permitió la salida de los realistas en Ixtaczoquitlán.

La batalla de Tucumán fue un enfrentamiento armado librado el 24 y 25 de septiembre de 1812 en las inmediaciones de la ciudad argentina de San Miguel de Tucumán, en el curso de la Guerra de Independencia Argentina. El Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano a quien secundara el coronel Eustaquio Díaz Vélez en su carácter de mayor general, derrotó a las tropas realistas del general Pío Tristán, que lo doblaban en número, deteniendo el avance realista sobre el noroeste argentino. Junto con la batalla de Salta, que tuvo lugar el 20 de febrero de 1813, el triunfo de Tucumán permitió a los rioplatenses confirmar los límites de la región bajo su control.
La región del Alto Perú, la actual Bolivia, estaba nuevamente en manos de los realistas desde la derrota de la batalla de Huaqui, en la que el inexperto porteño Juan José Castelli no pudo hacer frente a las tropas de Tristán.
Las órdenes del Primer Triunvirato habían puesto a Belgrano al frente del Ejército del Norte el 27 de febrero de 1812; instalado su cuartel general en San Salvador de Jujuy. Desde allí Belgrano intentaba reanimar la moral de la tropa derrotada en Huaqui. Fue con ese ánimo que, el 25 de mayo enarboló en San Salvador de Jujuy la bandera que había creado meses atrás, y la hizo bendecir en la Catedral jujeña por el canónigo Gorriti.
Pronto notó que no estaba en condiciones de defender adecuadamente la plaza, y el 23 de agosto ordenó la retirada masiva de toda la población hacia el interior del territorio tucumano, en el llamado Éxodo Jujeño. Civiles y militares se replegaron, arrasando a su paso todo lo que pudiera dar cobijo o ser útil a los realistas. Cuando los españoles entraron, hallaron la ciudad solitaria y sin habitantes:
"Estaba desierta y desmantelada, y espantado del aspecto tristísimo de aquellos hogares desamparados y de aquellas calles mudas y tristes después de la agradable animación de otros tiempos"
Las órdenes del Triunvirato ordenaban al Ejército del Norte hacerse fuerte en Córdoba. Sin embargo, Belgrano concibió la idea de detenerse en Tucumán, donde la población está dispuesta a sumarse al ejército. La victoria el 3 de septiembre en un combate sobre el río Las Piedras entre su retaguardia y dos columnas de avanzada de la tropa de Tristán confirmó su propósito; logró prender al jefe de la columna, el coronel Huici y una veintena de soldados. Despachó a Juan Ramón Balcarce hacia la ciudad, ordenándole reclutar y entrenar en la medida de lo posible un cuerpo de caballería a partir de los milicianos locales, con cartas para la rica y poderosa familia Aráoz, dos de cuyos integrantes, Eustoquio Díaz Vélez y Gregorio Aráoz de La Madrid, prestaban servicios bajo su mando como mayor general o segundo jefe y teniente respectivamente.
La misión de Balcarce, unida a los rumores de que la tropa se retiraba hasta Córdoba, causó comprensible alarma en la ciudad. Tañeron las campanas del Cabildo y el cuerpo, en sesión pública, dispuso enviar tres representantes — los oficiales Bernabé Aráoz y Rudecindo Alvarado y el eclesiástico doctor Pedro Miguel Aráoz — ante Belgrano, para pedirle que diera batalla a los españoles en Tucumán. Al llegar a Tucumán el 13 de septiembre, Belgrano encontró a Balcarce con 400 hombres — sin uniformes y armados sólo con lanzas, pero bien organizados — y a la ciudad dispuesta a ofrecerle apoyo; Belgrano, según muchos historiadores, no buscaba más que ese pretexto para desobedecer la orden de retirada. Les dijo que se quedaría si su fuerza era engrosada con 1.500 hombres de caballería, y si el vecindario le aportaba 20.000 pesos plata para la tropa, cantidades que la comisión ofreció duplicar. Decidió ignorar por lo tanto las intimaciones del Triunvirato y hacerse fuerte allí.
Mientras tanto, el ejército realista avanzaba con dificultad, al no hallar en el terreno arrasado medios o instalaciones para cobijarse o reaprovisionarse; partidas irregulares organizadas por los locales y el ejército de Belgrano los hostigaban constantemente. No fue hasta el 23 de septiembre cuando, desde el paraje de Los Nogales, donde avistó Tucumán, recibió Tristán noticia de que el Ejército del Norte estaba acampado en la plaza y dispuesto a darle allí batalla.
En la mañana del 24 de septiembre de 1812, día del combate, el general Belgrano estuvo orando largo rato ante el altar de la Virgen, e incluso la tradición cuenta que solicitó la realización de un milagro a través de su intercesión.En esos mismos momentos, Tristán ordenó la marcha hacia la ciudad. Algunas fuentes indican que, en lugar de tomar el camino directo, rodeó la plaza desde el sur, intentando prevenir una posible huida de los patriotas en dirección a Santiago del Estero. Otras afirman que en el paraje de Los Pocitos se encontró repentinamente con los campos incendiados por orden del teniente de Dragones La Madrid, natural de la zona, que contaba con la velocidad del fuego avivado por el viento del sur para desordenar la columna española. En todo caso, utilizó el viejo camino real del Perú para poner frente a la ciudad a una legua de ésta, en el paraje del Manantial.
Mientras tanto, y aprovechando la confusión provocada por el fuego, Belgrano — que había dispuesto al alba sus tropas al norte de la ciudad — había cambiado su frente hacia el oeste, contando con una visión clara de las maniobras de Tristán, y plantó cara a éste en un terreno escabroso y desparejo llamado el campo de las Carreras. La rápida embestida sobre el flanco de Tristán apenas dio tiempo a éste de reorganizar su frente y ordenar montar la artillería.
Belgrano había dispuesto la caballería en dos alas: la derecha, al mando de Balcarce, era más numerosa — contaba con la tropa gaucha recién reclutada — que la izquierda, al mando del Coronel Eustoquio Díaz Vélez
La infantería estaba dividida en tres columnas, comandadas por el coronel José Superí la izquierda, el capitán Ignacio Warnes la central, y el capitán Carlos Forest la derecha, junto a la cual una sección de Dragones apoyaba la caballería. Una cuarta columna de reserva estaba al mando del teniente coronel Manuel Dorrego; el barón Eduardo Kaunitz de Holmberg comandaba la artillería, ubicada entre las columnas de a pie, demasiado dividida entre las mismas para ser efectiva, siendo su ayudante de campo José María Paz.
Fue la artillería la que inició el combate, bombardeando los batallones de Cotabambas y Abancay, que respondieron cargando a la bayoneta. Belgranó ordenó responder con la carga de la infantería de Warnes, acompañada de la reserva de caballería del capitán Antonio Rodríguez, mientras que la caballería de Balcarce cargaba sobre el flanco izquierdo de Tristán; la carga tuvo un efecto formidable. Lanza en ristre, avanzaron haciendo sonar sus guardamontes y con tal ímpetu que la caballería de Tarija se desbandó a su paso, retrocediendo sobre su propia infantería y desorganizándola hasta tal punto que sin encontrar casi resistencia la caballería tucumana alcanzó la retaguardia del ejército enemigo.
Es imposible saber qué efecto hubieran podido tener de cargar desde ese sitio, en un movimiento de pinzas; compuesta en general por hombres de campo e ignorantes de la disciplina militar, buena parte de la caballería gaucha rompió la formación para apoderarse de las mulas cargadas con los avíos, incluyendo fuertes sumas en metales preciosos, del ejército realista. Con ello lo privaron también de sus reservas de munición y de provisiones, con las que se retiraron del campo de batalla. Sólo la sección de Dragones que le daba apoyo y la caballería regular al mando de Balcarce mantuvo el frente, pero junto con la pérdida de su equipaje ello bastó para confundir y desorganizar esa ala.
Mientras tanto, al otro lado del frente el resultado era muy distinto: pese a la presencia del mismo Belgrano, el avance de caballería e infantería de los realistas fue imparable, tomando prisionero al coronel Superí. Sin embargo, la firmeza de la columna central permitió a los patriotas recuperar terreno y recobrar a Superí, pero los avances desiguales fraccionaron el frente, haciendo la batalla confusa, incomprensible para sus comandantes y dejando en buena medida las acciones a cargo de los oficiales que encabezaban cada unidad.
La providencial aparición de una enorme bandada de langostas, que se abatieron sobre los pajonales confundió a los soldados y oscureció la visión, acabando de descomponer el frente. Las versiones tradicionales refieren que fue tal la confusión sembrada por aquel enjambre de langostas que hizo parecer a los ojos de las fuerzas españoles, un número muy superior de tropas patriotas, lo que habría provocado su retirada en la confusión.
Tristán intentó retroceder para organizar a su tropa; en las maniobras para ello, abandonó su parque, que encontró la columna de Eustoquio Díaz Vélez virtualmente desprotegido. Junto con un grupo de infantería de Manuel Dorrego, recobró treinta y nueve carretas cargadas de armas y munición, y la condujo, junto con los cañones que se puedo arrastrar, a la ciudad; tomaron además numerosos prisioneros y las banderas de los regimientos Cotabambas, Abancay y Real de Lima.
Belgrano, a su vez, desconocedor del resultado, intentaba recomponer su tropa cuando encontró al coronel José Moldes, quien había desempeñado el grueso de las funciones de observación. Ambos lograron localizar a Paz, y a través de éste a lo que quedaba de la caballería en el campo. Se les sumó poco después Balcarce, el primero en atreverse a calificar de victoria la situación, juzgando que el campo cubierto de cadáveres y despojos españoles es indicio del resultado, aunque se desconocía por completo el estado de la infantería y de la ciudad. Reordenar la hueste llevaría el resto de la tarde a Belgrano.
Mientras tanto, Tristán evaluaba la pérdida de su munición, de la mayor parte de la artillería y de sus avíos; ordenó a los restos de su tropa, que había perdido más de mil hombres entre muertos y heridos, avanzar sobre la ciudad e intimar su rendición bajo amenaza de incendiarla. Díaz Vélez fuerte en ella, respondió amenazando con el degüello de los prisioneros, entre los que se contaban cuatro coroneles, si Tristán tomaba alguna acción.
El español pernoctó fuera, dudando acerca del curso a seguir; por la mañana, encontró a la tropa de Belgrano a sus espaldas, que lo intimó a rendirse por medio del arrogante coronel Moldes. El jefe realista contestó, rechazando la oferta, que "las armas del rey no se rinden". A continuación se replegó con todo su ejército hacia Salta, mientras 600 hombres al mando de Díaz Vélez lo hostigaban.
"Aunque el triunfo de Tucumán -escribe Mitre- fue el resultado de un cúmulo de circunstancias imprevistas", cabe a Belgrano "la gloria de haber ganado una batalla contra toda probabilidad y contra la voluntad del gobierno mismo".
El material abandonado por los españoles y recuperado por Díaz Vélez y Dorrego —13 cañones, 358 fusiles, 39 carretas, 70 cajas de municiones y 87 tiendas de campaña— serviría al Ejército del Norte durante toda su campaña. 450 realistas perdieron su vida en el combate y otros 690, entre oficiales y soldados, fueron capturados en condición de prisioneros, entre estos los coroneles Pedro Barreda, Mariano Peralta, Antonio Suárez y José Antonio Álvarez Sotomayor. Por su parte, los defensores solo tuvieron 80 muertos y 200 heridos. Quedaron destruidos los regimientos y cuerpos militares de Cotabamba, Paruro, Abancay y parte del Real de Lima.
El 27 de octubre se celebró una misa de acción de gracias; en la procesión que llevaba la estatua de la Virgen de las Mercedes, Belgrano depositó su bastón de mando entre los cordones del ropaje de la imagen, proclamándola en agradecimiento como Generala del Ejército Argentino.
Moldes y Holmberg abandonarían el Ejército, pero se le sumaría Juan Antonio Álvarez de Arenales, con quien Belgrano emprendería el 12 de enero la marcha hacia Salta, donde los realistas se habían hecho fuertes.
La victoria consolidó la obra de la Revolución y alejó momentáneamente el peligro de un verdadero desastre. Si el ejército patriota se hubiera retirado, las provincias del norte se hubiesen perdido para siempre y el enemigo, dueño de un extenso territorio, habría llegado hasta Córdoba, donde le hubiera sido más fácil obtener la cooperación de los realistas de la Banda Oriental y de las tropas portuguesas del Brasil.
El triunfo tuvo también importantes consecuencias políticas, por cuanto Belgrano — que contaba con la simpatía de la Logia Lautaro — había derrotado al invasor contrariando las disposiciones del gobierno y demostrando el acierto de los opositores, cuando pedían auxilios para remitir al Ejército del Norte. En Buenos Aires, a los tres días de conocerse la noticia del combate, el Primer Triunvirato fue derribado por la Revolución del 8 de octubre.
Belgrano fue designado Capitán General, pero rehusó el ascenso con suma modestia.

Otra historia en la historia del Colegio del Uruguay (a 160 años de su fundación)




"Todo se nos deshace entre los dedos

Pero tú permaneces, sin embargo,

Invencible cristal, Viejo Colegio”

Córdova Iturburu

Sobre el fin del año y la proximidad del egreso de una nueva promoción se repiten los balances, se renuevan las miradas y vuelve a escucharse la pregunta que ya se hacían muchos durante las fiestas del sesquicentenario: ¿Será este el último año de rectorado del profesor Eduardo Julio Giqueaux? ¿Tomarán las autoridades políticas la decisión de jubilarlo? ¿Privilegiarán una vez más a la persona por sobre las instituciones? ¿Cómo hace un hombre que llegó a su cargo en plena dictadura para sostenerse en su puesto luego de veinticuatro años de democracia?


Las fotografías son más que elocuentes. El hombre que apenas pasa de los cuarenta años sonríe satisfecho y acompaña al visitante y a su comitiva a recorrer las galerías. Cualquiera podría afirmar que las celebraciones del centésimo trigésimo aniversario de la fundación del Colegio del Uruguay eran momentos de exaltada alegría como para detenerse a discutir los nombres de los ilustres visitantes. Tal vez tuvieran razón si ese visitante no fuera nada más y nada menos que el dictador más cruel que registra la historia nacional.

Corría el año 1979 y el profesor Eduardo Julio Giqueaux, de distinguida reputación académica y sobrino del entonces intendente de facto, asumía la rectoría titular del Histórico Colegio. En ese carácter le tocó presidir los festejos del 130ª aniversario y en consecuencia recibir al entonces presidente de la república Jorge Rafael Videla.

Pero no sería la última vez que tendría la oportunidad de abrirles las puertas del Colegio a las máximas autoridades del país. Llegada la democracia pudo recibir al Dr. Raúl Alfonsín y también a Carlos Saúl Menem.

En cada caso las fotografías de rigor, las sonrisas.

Una profesora del Colegio que pidió se reserve su identidad accedió a responder algunas cuestiones.

¿En que año ingresó en el Colegio del Uruguay?

“Ingresé al Colegio en el año 1979 en el mes de octubre. Cuando yo ingresé el Rector Giqueaux ya estaba ocupando ese cargo. Tenemos que considerar que fue en la época de la dictadura militar y su tío era intendente de la Ciudad de Concepción del Uruguay

¿Se asocia la llegada de Giqueaux para ocupar el cargo de rector del Colegio con la dictadura?

En general en la memora colectiva es lo que está establecido, ya desde aquella época. Esto no significa que uno no considere su preparación académica que, sin duda, la tenía y la sigue teniendo, pero en la memoria colectiva quedó instalada la primera situación.

¿Cómo era el Colegio en la época de la dictadura?

El Colegio en esa época era un colegio organizado, porque vamos a convenir que en el modelo bipolar de mundo tenía una organización, es decir, podemos discutirlo desde distintos puntos de vista… Pero las pautas eran pautas claras, una organización verticalista, con una normativa clara que, por supuesto, había ajustarse a ella. En ese entonces no teníamos la posibilidad que tenemos hoy nosotros de discutir una normativa. Pero también tenía que ver con nuestra formación, en mi caso particular estuvo hecha en plenas dictaduras militares, salvo los primeros años de le escuela primaria donde hubo gobiernos democráticos, pero después fue una sucesión de dictaduras militares, por lo tanto mi formación tiene que ver con ese modelo y la formación de todo el personal por aquel entonces. En esa época el Colegio era una institución de prestigio, realmente apuntábamos a una excelencia en la parte del desarrollo del conocimiento, la parte científica. En parte de formación del personal y del alumno estábamos ajustados a ese modelo.

¿Cómo era la actitud del Rector en esa época de dictadura?

Yo del rector tengo que reconocer que el tuvo una continuidad en cuanto a como él se presentó dentro del Colegio. Incluso recuerdo que en cuanto al manejo interno una vez que ingresó, flexibilizó muchas normas internas. Por su puesto, eso fue bien visto por algunos y mal por otros. Pero en algunos lugarcitos del Colegio se lo criticaba precisamente porque era una persona, que a diferencia de lo que pasa hoy, salía al patio, conversaba con los alumnos, flexibilizó mucho el tema de las medidas disciplinarias, todo en esos años. En eso él fue un avanzado y esa conducta Giqueaux la mantuvo siempre, a pesar de que las reglas eran muy estrictas.

¿La actitud de Giqueaux fue cambiando en 30 años?

Los cambios se observan en los últimos años. Yo divido a la gestión Giqueaux dentro del Colegio en dos momentos. En la década del 80 el Colegio creció porque las carreras terciarias nacieron en aquella época y con ellas empezaron las carreras de Turismo, Analista de Sistema, Museología, Bibliotecología,… es decir, que en cuanto al nivel académico el nivel creció y soy conciente de que eso se manifestó no sólo en Concepción del Uruguay, sino en todos los departamentos lindantes, porque ese crecimiento académico del Colegio fue un polo de atracción para cientos de estudiantes de las ciudades vecinas, incluso de jóvenes de la República Oriental del Uruguay. En esta etapa el Colegio fue de pleno crecimiento y en ese momento su gestión era de mucha apertura hacia el alumnado, hacia el personal y por supuesto eso cedió.

Lo que pasa es que los últimos años, lógicamente, todos coincidiríamos supongo yo que el tema de permanecer muchos años en una misma función desgasta, crea un sistema de relaciones a veces de favores y lógicamente los años se nos vienen encima a todos. Siempre recordando que su formación y su capacidad mental es extraordinaria, pero en su necesidad personal de mantenerse en el cargo, ha producido una negación a esta nueva generación de estudiantes, docentes y del nuevo perfil de educación, porque tampoco tenemos que perder esa situación. Creo que el rector perdió la perspectiva de continuar con esa transformación que él empezó en el Colegio, que hubiese sido fantástica si, probablemente, el le hubiera dejado la posta a personas que se ajustaran más a este mundo.


En casi treinta años cambió el país, cambió el mundo y cambió el Colegio.

Las transformaciones no fueron todas positivas y el Colegio del Uruguay entró en una espiral de decadencia que se hace más evidentes cuando quienes dan cuenta de ellas son los propios alumnos, como Lucas que escribió: “…en la actualidad se encuentra en decadencia o un estado lamentable… hay falta de autoridad y a su vez sería bueno que tenga un cambio de aire en su rectorado que a mi criterio ya lleva demasiados años el mismo hombre, ese hombre que conocí recién en mi tercer año en el Colegio ya que su presencia en el turno tarde es casi nula…”

Mientras tanto el Rector del Colegio continúa en su cargo mas allá de los recambios políticos e institucionales que se han dado en todos los ámbitos. Continúa incluso, cuando ha superado ampliamente los años de servicio y de edad que la ley establece para acceder a los beneficios de la jubilación. Continúa a pesar de que desde algún rincón oscuro de nuestra historia alguien le señale aquella sonrisa junto a Videla.


¿Hubo un ensayo de democratización del Colegio?...

Vos lo dijiste bien, un ensayo, un intento. Lamentablemente creo que ha quedado en el intento porque en la democratización del Colegio ese intento ya se dio cuando nosotros pasamos a la UADER en el año 2000. El Colegio es transferido del Consejo General de Educación al ámbito de la Universidad que es la UADER. Por aquel entonces también se hizo un consejo donde se eligieron a los colegas para representar a los docentes, no docentes y alumnos. Quien presidía este consejo era el rector del Colegio, se reunía cada 15 días con el Rector de la universidad, quien por aquel entonces era Luis González. Posteriormente, cuando el justicialismo retoma el poder en la provincia el Colegio es transferido a la Facultad de Gestión, entonces la relación con el Decano era muy buena. También existió un consejo dentro del Colegio, sin embargo, el enfrentamiento por cuestiones personales entre nuestro rector (Giqueaux) y el Decano Bagnato, el Colegio quedó prácticamente separado, es decir, aislado y pasó a depender del rectorado, como es actualmente. Lo cierto es que este consejo, ésta comisión asesora que existe hoy, elegida democráticamente tiene muchísimas dificultades de funcionamiento, porque quien encabeza esta comisión es el rector Giqueaux, este es un ejemplo de que la democracia no existe. Aclaro que la comisión es asesora, pero no tiene poder de decisión, que las decisiones son del rector. Entonces lo que puede hacer esta comisión es muy poco.

¿Usted cree que el problema fundamental por el que no hay un cambio profundo en el Colegio es la permanencia del rector Giqueax?

Yo creo que si. Es una persona que es una pena, pero que ha priorizado sus propias necesidades personales por sobre las institucionales. Él sabe cuales son las necesidades del Colegio. Lo lamentable es que estamos “dentro de casa”, conocemos realmente la situación las personas que estamos dentro. Porque hacía afuera lo que se representa es otra cosa, tal vez el problema está en nosotros mismos, hemos querido proteger tanto a la institución que finalmente hemos quedado atrapados en nuestras propias decisiones.

¿Por qué nadie se ánima a investigar a Giqueaux?

Eso lo desconozco. Es verdad de la continuidad del profesor Giqueaux, pero acá hay responsabilidades políticas. Son decisiones políticas las que vienen ahora, entonces en los próximos años veremos cuales serán las decisiones que se van a tomar en Paraná con respecto al Colegio. Si el Colegio realmente interesa, creo que va a tener que tomar alguna decisión. Sino continuaremos por muchos años más. Lo que ocurre, y en esto soy bastante oscura, en realidad no queremos mejorar la educación. En el fondo es eso, si nosotros quisiéramos mejorar la educación los cambios serían muchísimos más profundos. Los cambios para que realmente repercutan tienen que ser profundos, no pueden ser de maquillajes. Esa es la cuestión.

¿Cómo está el Colegio hoy por hoy?

Hoy el Colegio está en crisis. Pero todas las instituciones están en crisis, los demás colegios y escuelas también tiene crisis. Estamos en esta situación también por culpa, de la crisis social, económica, política y de valores, que espero podamos ir resolviendo. Interiormente el Colegio debe tener cierta autonomía para salir de la crisis. Hubo algunas cuestiones que el Colegio si pudo resolver, como por ejemplo, tener profesores itinerantes para cubrir las horas libres que los colegios que dependen del CGE no lo tienen, tener proyectos de recuperación de saberes, de tener una área de extensión , es decir, que el Colegio puede tomar decisiones en cuanto a determinados perfiles. El tema del Colegio hoy pasa por un problema de gestión interna. Y acá la fundamental cuestión es la continuidad del rector, esa necedad de Giqueaux a continuar frente a una institución que necesita urgente resolver estas cuestiones.

¿Cómo toma Ud., como docente cuando el rector Giqueaux usa la frase “me van a sacar del Colegio con las patas para adelante”?

Con mucho dolor; primero por supuesto por él, porque después de tantos años creo que sería la peor forma de irse del Colegio; y segundo por la institución. Yo creo que la institución está perdiendo momentos muy importantes, es decir, la institución está en el momento de producir el cambio y no lo produce porque él piensa en las apetencias personales, por sobre las institucionales. A esto hay que agregarle que acá más allá del rector hay responsables políticos. Para la mayoría de la sociedad hoy se sabe cual es la situación institucional del colegio y los políticos también la conocen. Entonces yo para eso si no tengo respuesta.



El “Cristal Invencible” al que le cantaba Córdova Iturburu se ve frágil y a punto de quebrarse. Para muchos es difícil sentirse orgullosos del Viejo Colegio. Otros prefieren callar y muchos enhebran esperanzas. Como bien expresara alguien, es difícil hablar del Colegio y no hablar de Giqueaux. Su nombre esta asociado a grandes momentos y también a la decadencia. En tanto no se ven acciones concretas desde el gobierno para devolverle al heredero de Urquiza su esplendor.

¿Pasará a ser el Colegio del Uruguay otro de los sueños perdidos de Concepción del Uruguay?


Manuel Carpenco y Gabriel Pérez para la cátedra del Lic Adrián Pino

Concepción del Uruguay, 9 de noviembre de 2007.-

Facultad de Ciencias de la Comunicación y la Educación – Universidad de Concepción del Uruguay

Las fotografías corresponden a Archivos Privados y a La Voz del Histórico – Nº 1 Octubre de 1979